La tercera
La mancha de sangre se ha extendido. Desde los refugios montañeses de Afganistán, la capacidad operativa de la red Al Qaeda ha abierto sus brazos hacia el Medio Oriente favorecida por el caos de la guerra civil en Irak y la ocupación militar anglosajona de ese país. La enorme ventaja de las estrategias de Al Qaeda consiste en diseñar su violencia con métodos opuestos a la guerra convencional, a través de ramificaciones invisibles y militantes clandestinos que se infiltran en cualquier sociedad y descargan sus golpes sobre poblaciones desarmadas, obedeciendo a la táctica esencial del terrorismo que consiste en cometer sus ataques en un punto determinado para que esa conmoción se refleje en cosas a menudo distantes, desencadenando así una larga hilera de efectos y consecuencias. Eso ya ocurrió en Nairobi (Kenia), en el World Trade Center de Nueva York, en Balí (Indonesia), en Casablanca (Marruecos), en Madrid y en Londres, demostrando la ubicuidad de ese tejido beligerante respaldado por las formidables bases financieras de Osama Bin Laden.
Pero ahora la mancha volvió a crecer con los dos atentados en Argel, que se produjeron en la sede del gobierno y en una comisaría de esa capital, asumidos ambos por la Organización de Al Qaeda para el Magreb Islámico, una entidad conocida anteriormente como Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, que busca la reconquista armada de lo que considera sus territorios históricos, desde Andalucía hasta Jerusalén. Los atentados de Argel ocurrieron el miércoles 11 de abril, estableciendo una llamativa coincidencia del número 11 en la foja de Al Qaeda, ya que los de Nueva York sucedieron el 11 de setiembre de 2001, el de Djeta (Túnez) el 11 de abril de 2002 y los de Madrid el 11 de marzo de 2004. El cálculo de esa cronología puede ser otro aspecto del mensaje que emiten los responsables de la agresión.
Desde ya, ciertos países comienzan a temblar. Entre ellos figuran Italia y España, a los que Al Qaeda ha señalado como posibles blancos de atentados futuros, mientras comprueban cómo el reguero de los episodios terroristas se acerca a Europa dilatándose a lo largo de la costa meridional del Mediterráneo. Porque un día antes del golpe en Argel, otro terrorista se había inmolado en Casablanca al ser detectado en un cyber café, y ese dato debe agregarse a un mapa donde los focos de peligro se multiplican por una geografía cada vez más extensa. Los países con un papel protagónico en el manejo de los asuntos mundiales, deben contabilizar ese fenómeno como vanguardia de un enfrentamiento que por cierto también comprende la tensión de los occidentales con Irán y el conflicto palestino-israelí, sin olvidar otros rozamientos con vecinos de la región como Siria o Líbano. Poco a poco, el polvorín se diversifica.
Lo hace en parte por el proceso de fanatización de ciertos sectores del Islam, en parte por la política de confrontación que las potencias de Occidente han mantenido con buena parte del mundo musulmán y en parte por la calamitosa intervención militar de algunas de tales potencias en Afganistán (desde 2001) y en Irak (desde 2003). El efecto eruptivo que provocan esos hechos ha quedado confirmado desde hace una semana con el brote de Argel, donde la actual rama magrebí de Al Qaeda y su antecesor el Grupo Salafista son herederos del temible Grupo Islámico Armado, que desde su fundación en 1998 ha cumplido múltiples atentados y es ejemplo de una reacción integrista ante las medidas represivas del gobierno argelino. Semejante inestabilidad y sus dos golpes recientes, son otro síntoma de una amenaza que no ha hecho más que crecer durante los últimos años, reavivada por la misma Guerra al Terror que pretendió desactivarla.
Lo horripilante de la etapa actual es su expansión, porque si bien el conflicto ya no compromete a ejércitos enemigos trenzados en una lucha formal, como ocurría en las guerras del pasado, envuelve por un lado a poderes militares como Estados Unidos y Gran Bretaña, y por el otro tiene a esa fuerza impalpable y difusa que los voceros occidentales denominan terrorismo y que desafía a sus oponentes con métodos de combate imprevisibles y con golpes dados por sorpresa donde menos se piensa, apelando al suicidio de sus militantes como recurso de una fe ciega. Ese insólito instrumental, ya empeñado en una batalla desde la meseta de Pamir hasta los montes Atlas, puede seguir ascendiendo en una parábola gradual hasta colocar al resto de la humanidad -sin que casi nadie parezca por el momento percibirlo- en el umbral de la pesadilla, la de una tercera guerra mundial.
[EDITORIAL EL PAIS. URUGUAY]
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