BEIRUT. AP, AFP Y DPA clarin
Agitando trapos blancos desde las ventanillas de una camioneta, con sus bebés en brazos y chicos de distintas edades acurrucados en el asiento, un grupo de mujeres logró salir ayer del atribulado campo de refugiados palestinos de Nahr al Bared, cerca de la ciudad de Trípoli, en el norte del Líbano. Tuvieron suerte. Otras tantas familias no pudieron escapar y quedaron bajo el fuego cruzado del ejército y extremistas islámicos que combaten sin pausa desde el domingo.
En los otros 11 campamentos palestinos en ese país las cosas no están mucho más tranquilas: allí viven cerca de 400.000 personas, en muchos casos hacinadas y en condiciones paupérrimas, fuera del control de las autoridades libanesas.
"Estábamos corriendo hacia un refugio cuando un obús nos cayó cerca. Yo y mis dos hermanos fuimos heridos por las esquirlas. No sé dónde está mi padre". Husam, de 8 años, está en una cama del hospital del campo de Nahr al Bared y, entre quejidos de dolor, cuenta la pesadilla que vivió.
En la misma habitación hay otros tres chicos, uno de ellos con la cabeza vendada. Todos fueron heridos en estos días de combates entre los milicianos del grupo Fatah al Islam y el ejército libanés, que entró en el campamento con tanques y artillería tras los pasos de un grupo de asaltantes. En rigor, un acuerdo de 1969 impide la entrada de las fuerzas libanesas a esos campos, controlados por los palestinos.
Mientras la cifra de muertos ya trepa al centenar, miles de refugiados aprovecharon ayer una breve tregua para huir del campo de unos 30.000 habitantes.
"Hombres, mujeres y niños comenzaron al final de la tarde a huir a pie o en vehículos de Nahr al Bared para refugiarse en el campo vecino de Baddaui", precisó Hajj Rifaat, uno de los responsables en Baddaui del movimiento Fatah, del presidente palestino Mahmud Abbas.
En medio del humo negro que cubre el campamento desde el domingo, ayer se veían autos desde los que asomaban pañuelos blancos. Otras personas salían a pie, llevando en brazos a bebés y chicos. En muchas casas no había agua ni electricidad.
"Hay muertos y heridos en la calle, dentro del campamento", gritó una mujer libanesa, Amina Alameddine, que salió llorando de su casa. La mujer huyó con sus hijos cuando milicianos de Fatah al Islam empezaron a disparar desde el techo de su casa.
Según los socorristas de la Media Luna Roja que lograron en trar para rescatar a algunos heridos, no había suficiente agua, alimentos ni medicamentos.
El panorama no era mucho más alentador en los demás campos de refugiados palestinos en el Líbano, que son 12, en los que viven, según la ONU, cerca de 400.000 personas que se instalaron tras la creación del Estado de Israel, en 1948. En el de Burj al Barajneh, en las afueras de Beirut, los habitantes están pegados a la TV y la radio a la espera de las últimas noticias sobre los choques en Nahr al Bared.
"Esto es demasiado", señaló Abu Ali, un residente palestino. "El ejército libanés debe parar. En los campos hay civiles, gente enferma. No puedes castigar a toda una población sólo por 150 fugitivos escondidos", agregó.
Según la ONU, cerca de la mitad de los habitantes de estos campamentos —verdaderas ciudades de viviendas preconstruidas— viven hacinados, en condiciones miserables. Algunas fuentes estiman sin embargo que hoy viven allí no más de 250.000 refugiados, tras una emigración masiva desde los años '80.
Los campos, vigilados en principio por puestos policiales, quedaron desde 1968 bajo control de la guerrilla palestina. La OLP se convirtió oficialmente en dueña y señora de estas áreas tras un acuerdo de 1969 que convirtió a la central palestina en "un Estado dentro del Estado", al prohibir el ingreso del ejército libanés.
Pero la invasión israelí de 1982 obligó a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a abandonar Beirut, y luego los combatientes de la OLP debieron dejar la llanura oriental de la Bekaa y el norte de Líbano, presionados por el ejército sirio, los campamentos son controlados por los palestinos pro sirios.
La supervivencia de los refugiados depende básicamente de la ayuda de la agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) —que en los últimos años redujo su presupuesto—, los envíos de dinero de la OLP y del grupo islámico Hamas.
En un contexto de miseria social —60% de sus habitantes viven bajo el límite de la pobreza— los campamentos, con sus callejuelas insalubres y construcciones anárquicas, se han convertido en un terreno fértil para el extremismo islámico.
A fines de 2006, líderes palestinos en el Líbano anunciaron que Fatah al Islam, supuestamente vinculado a la red Al Qaeda, había infiltrado en el país a 150 combatientes árabes llegados de Irak, y que se habían instalado en Nahr al Bared. Desde entonces creció la tensión.

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