Martes, 04 de marzo de 2008
Las siete fronteras de Israel (I)

El kibutz Zikim es casi el paraíso. Ubicado en una colina muy próxima al Mediterráneo, desde sus casas puede bajarse a la playa en pocos minutos, si es que no se prefiere caminar por su parque. Allí, un viejo tanque Sherman y un par de oxidados carros blindados reverencian a los combatientes de la comunidad que pararon al ejército egipcio en la guerra de 1948. En lo alto de la colina todavía se conservan sus trincheras y ametralladoras mientras que abajo, un batallón de siluetas recuerda la fiereza del combate. “Aquí se peleó cara a cara” dice Néstor, un judío argentino, alto y apacible, que nos enseña el kibutz. Néstor tiene algo menos de setenta años y es un veterano socialista que llegó desde el Río de la Plata a finales de los sesenta, para cumplir una doble utopía.

Pasaron los años y el sueño comunitario de su generación dio paso a un sistema mixto, menos colectivista y más abierto, sustentado en una producción que combina la lechería con la industria del poliuretano. El ambiente parece sacado de un juego de Lego, donde cada cosa está en su lugar y cada uno cumple con su función, aparentemente sin contratiempos. Néstor explica todo con parsimonia y calidez, pero lo primero es lo primero, y en el kibutz Zikim, ubicado a tiro de cohete de la franja de Gaza, lo primero es la seguridad. “Si sonara la alarma ahora, allí está el refugio”, dice, con la naturalidad de quien te avisa dónde queda el baño.

En la rotonda de entrada al kibutz, su hijo  montó una januquiá gigantesca con los restos de los qassam que caen periódicamente en el kibutz. El candelabro con que los judíos celebran janucá, la fiesta de las luminarias, tiene cuerpo de cohete y pies de arado. Antes de contarnos los detalles de la escultura, Néstor cumple con su misión: “si sonara la alarma en este momento, lamento decirles que no tenemos dónde ir porque no nos dan los veinte segundos de que disponemos para llegar al refugio más cercano, de modo que sólo podemos tirarnos al suelo”. La confesión sonaría aterradora en condiciones normales, pero nuestro guía la dice con su voz cálida y su aspecto bonachón, alejando todo dramatismo. Unos días antes, el último qassam había caído sobre el tambo, causando la muerte de una decena de vacunos y algunos destrozos en el techo de un establo. Tres días después de nuestra visita, otro cohete casi se cobra la vida de un niño de dos años de edad, pero los habitantes del kibutz Zikim, no tienen previsto detener la construcción del paraíso.

A un mes de la cumbre de Anápolis, nada parece haber cambiado en Medio Oriente. En el sur de Israel, los pobladores de Sderot y Ashkelon, ciudades vecinas al kibutz Zikim, siguen amaneciendo cada día, como en los últimos años, con una andanada de cohetes provenientes de la Franja de Gaza. Las represalias casi cotidianas del ejército israelí terminan con algunos palestinos muertos pero no logran disminuir los bombardeos.

Mientras esperaba que cesara la alarma, en el refugio de la alcaldía de Sderot, una funcionaria maldecía al gobierno de Jerusalén por su situación. “Ojalá caiga sobre la cabeza de Olmert”, sentenció la mujer, sin saber que en aquel momento el alcalde de la ciudad se encontraba en el despacho del primer ministro, presentando su renuncia ante la falta de una solución al problema de seguridad. Esa vez, el qassam caería en una de las calles de la ciudad más cercanas a la frontera con la franja de Gaza y apenas afectaría los vidrios de una casa y un jeep. A menos de cien metros de allí, una fundación europea había construido una guardería enteramente en hormigón, donde una decena de niños juega cada mañana, mientras afuera suenan las alarmas. Es que la gente en Sderot, Ashkelon y los kibutzim cercanos, como Zikim, sienten que cada qassam, de la docena que diariamente lanzan desde Gaza, podría caer sobre sus cabezas.

Palestinos vs. palestinos

En Gaza, el movimiento islámico Hamás sigue mostrando su fortaleza militar a veinte años de su fundación, reiterando su radical oposición a la existencia del Estado de Israel, sus métodos extremistas y su determinación suicida. La última  hazaña fue el secuestro de Omar al Ghoul, uno de los principales asesores del presidente palestino, Abu Massen. Los milicianos que responden a Ismael Haniye no necesitaron acusarlo de traición por propiciar una negociación con el enemigo sionista ni de haber violado algún precepto del Corán; Omar al Ghoul había escrito en un periódico palestino comentarios negativos sobre el grupo que gobierna en Gaza con mano de hierro; con eso alcanza. Es que un palestino destacado puede convertirse en víctima de Hamás por emitir opiniones que la organización terrorista considera inconvenientes.

El enfrentamiento entre los dos grupos palestinos crece día a día. Dos meses atrás, los militantes de Fatah en la ciudad de Gaza  conmemoraban el tercer aniversario de la muerte de Arafat. El acto terminó en un baño de sangre, tras la dura represalia desatada por las fuerzas de Hamás. La multitud se defendió gritándoles a los milicianos del primer ministro Ismail Haniye el peor de los insultos: “chiitas, chiítas”. Es que los palestinos (incluyendo al Hamás) son sunitas, corriente del Islam mortalmente enemistada de sus correligionarios chiítas durante mil cuatrocientos años. Una muestra de la virulencia de este enfrentamiento se ve cada día en Irak, donde la masacre de la población civil no tiene como causa la ocupación militar estadounidense sino esta ancestral guerra interislámica.

El gobierno israelí se pregunta si podrá avanzarse en las negociaciones previstas en Anápolis para el próximo año con un liderazgo palestino tan debilitado. Una incursión militar en Gaza contra Hamás podría terminar en otro fracaso como el del año pasado, cuando atacó a Hizballah en el sur de Líbano, por no hablar del costo en vidas humanas. Este escenario podría generar complicaciones políticas internas y externas al gobierno del primer ministro israelí Ehud Olmert. Por otra parte, un ataque militar contra población palestina seguramente cobrará miles de vidas, incluyendo  las de militantes y adherentes de Fatal. En ese caso, Abu Massen no podría permanecer neutral, por lo que Israel se distanciaría del único socio más o menos fiable con que cuenta en el campo palestino.


Tags: israel, alarmas, palestinos, Abu Mazen, Olmert, frontera

Publicado por javerim @ 2:13  | TERRORISMO
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