Domingo, 25 de mayo de 2008


MARIANO GRONDONA

Imaginemos a un pequeño empresario al que le ha ido bien. En tal caso, se le presenta un dilema. Puede expandir su empresa abriéndola a capitales y socios nuevos, pero si esta es su opción perderá el control absoluto de la empresa que tenía hasta ese momento. También puede negarse a la ampliación para no perder el control, pero esta segunda opción condenaría a su empresa a seguir siendo pequeña. Debe elegir entre dos alternativas mutuamente excluyentes: la magnitud a costa del control o el control a costa de la magnitud.

Al llegar a la presidencia en 2003, Néstor Kirchner enfrentó este dilema. En los años anteriores, cuando era gobernador de la provincia patagónica de Santa Cruz, optó por controlarla a un grado tal que todas las decisiones que la concernían eran exclusivamente suyas. Pero el dilema del pequeño empresario no se le presentó porque, hiciera lo que hiciere, Santa Cruz seguiría siendo pequeña.

La Argentina que Kirchner empezó a gobernar en 2003 era inmensa en comparación con Santa Cruz. El dilema del pequeño empresario, esta vez, se le presentó. Si quería presidir un país política y económicamente "grande", tendría que sumar nuevos aliados políticos e importantes capitales internos y externos que, por su magnitud, no serían enteramente controlables. Si lo que quería era obtener el control absoluto del país, tendría que reducirlo hasta donde fuera necesario para no compartirlo. En este caso, él tendría "más" en un país que tendría "menos".

Dicen que Julio César, en su marcha sobre Roma, pasó por una aldea de la cual se empezaron a burlar sus compañeros porque era pequeña, casi miserable. Pero el futuro dictador vitalicio les dijo: "preferiría ser el primero en esta aldea que el segundo en Roma". Puesto frente al dilema de co-presidir una Argentina en expansión o de presidir en soledad una Argentina reducida, si esta era la condición para no compartirla, Kirchner hizo lo que César dijo que habría hecho en el caso de que Roma, finalmente, se le hubiera negado.

El "reduccionismo" de Kirchner de 2003 en adelante ha quedado en evidencia. Para no ser controlado desde afuera, le pagó sus créditos al Fondo Monetario Internacional. Como los capitales internacionales que Menem había traído tampoco eran controlables, los fue desalentando y expulsando. También dio lugar al llamado "capitalismo de amigos", distribuyendo las oportunidades de inversión entre un puñado de empresarios estrechamente ligados a él. No abrió el juego a los gobernadores de provincia, que ahora dependen casi totalmente de la "caja" del Estado nacional. Mientras él adquiría también el mando unipersonal del Partido Justicialista y fragmentaba a la oposición de la Unión Cívica Radical dividiéndola entre radicales ortodoxos y radicales "K", le cedió la presidencia a su mujer, inaugurando así la posibilidad de que los miembros del matrimonio Kirchner prolongaran indefinidamente su poder mediante sustituciones alternativas. En la Argentina de hoy, algunos capitales se van y otros no vienen, reduciendo al mínimo las inversiones. Somos un país más chico de lo que hubiéramos sido por el camino opuesto. Pero ese país más chico está bajo el control absoluto de Kirchner.

Este proyecto reduccionista, ¿es por otra parte factible?

Cuando la presidenta Kirchner resolvió apretar aún más al campo, mediante una nueva vuelta de tuerca a las retenciones a las exportaciones la gente del campo, hasta ese momento mansa y olvidada, se rebeló. La gula fiscal del matrimonio dominante pareció encontrar aquí un muro imprevisto. El país entero se conmovió. ¿Había cruzado el hambre del poder la frontera de la indigestión?

Ante la rebelión del campo, ante el hartazgo de cientos de miles de pequeños y grandes productores rurales que dijeron "basta", se levantaron voces responsables en el oficialismo y en la oposición, inclusive en la Iglesia, para aconsejarle prudencia a Kirchner. El dilema del poder cambió entonces de signo porque Kirchner tendría que optar entre negociar con los que imprevistamente lo desafiaban o tratar de doblegarlos. Pero Maquiavelo advirtió que es difícil que un príncipe al que le ha ido bien con un método determinado lo cambie de cuajo. La Argentina está demostrando ser, al fin, un bocado difícilmente digerible. Si Kirchner cambia en dirección del pluralismo al que hasta ahora ha invocado sólo de palabra, se salvará y, con él, se salvará la república. Si insiste en ignorar que la Argentina no es Santa Cruz, vendrán horas sombrías.

Mariano Grondona


Tags: kirshner, argentina, capital, negocios, amigos, inversion

Publicado por javerim @ 17:47
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