
Se
ha dicho una y mil veces: la crítica a Israel no le convierte a uno en
antisemita. Siempre y cuando uno no sea como los cientos de
antiisraelíes que se
concentraron a finales de diciembre en Fort Lauderdale (Florida) para
protestar
por la intervención israelí en la Franja de Gaza: como sus pancartas y
consignas dejaban bien a las claras, no sólo se oponían a las políticas
del Estado judío.
Y es que corearon proclamas como "Bombardeemos
Israel con armas nucleares" y exhibieron pancartas en las que se
acusaba a Israel de perpetrar una "limpieza étnica" y se podían leer
cosas como ésta: "¿Tomó nota Israel del Holocausto? Feliz
Janucá".
En un momento dado, uno de ellos espetó a la decena de partidarios de
Israel que se concentraron en la acera de enfrente: "¡Asesinos! ¡Volved
a los hornos! ¡Necesitáis uno bien grande!".
El conflicto
árabe-israelí levanta fuertes pasiones, y la frontera que separa la
desaprobación legítima de Israel del antisemitismo puede que no siempre
se distinga con nitidez. Ahora, cuando alguien urge a los judíos a
"volver a los hornos", está claro que la raya ha quedado muy muy atrás.
La página web danesa Snaphanen reprodujo recientemente un
pasquín
repartido en la plaza donde tiene su sede el ayuntamiento de
Copenhague. "Paz con Israel, ¡nunca! ¡Matemos al pueblo de Israel!",
decía en una cara; y, en la otra, lo que sigue: "¡Hay que matar a los
judíos en cualquier parte del mundo! Paz con los judíos, jamás.
Simplemente, hay que matarlos estén donde estén". La ortografía del
panfleto dejaba mucho que desear, pero su exaltación del antisemitismo
genocida no podría ser más diáfana.
Lo mismo cabe decir de lo que se pudo escuchar en Ámsterdam en Año Nuevo, durante una manifestación antiisraelí:
"¡Hamás! ¡Hamás! ¡Los judíos al gas!". En
Bélgica, simpatizantes de la referida organización terrorista quemaron banderas israelíes y
menorás y pintaron esvásticas en tiendas propiedad de judíos. La consigna aireada en las manifestaciones de
Boston,
Los Ángeles y
Vancouver fue sólo un poco menos vil: "Palestina será libre desde el río [Jordán] hasta el mar", que es lo mismo que dice
Mahmud Ahmadineyad con otras palabras: hay que borrar a Israel del mapa.
Digámoslo
por centesimoprimera vez: los comentarios negativos sobre Israel no
tienen por qué ser expresión de prejuicios raciales. Israel no es más
inmune a las críticas que los demás países. Pero se necesita padecer de
ceguera voluntaria para no ver que el antisionismo de hoy, el rechazo a
la existencia de Israel, a la idea de que el pueblo judío tiene derecho
a dotarse de un Estado, no es más que el collar nuevo del viejo
antisemitismo.
El odio a los judíos siempre ha sido proteico, se
ha adaptado a las circunstancias de cada momento. Ha habido épocas en
que a los judíos se les ha puesto en la diana por motivos religiosos:
se les ha acusado –hasta el punto de la satanización– de asesinar a
Cristo y de ser enemigos de la fe verdadera. Otras veces se les ha
visto como desleal quinta columna que había de ser reprimida o
expulsada, o como una raza degenerada que debía ser exterminada. En
nuestros días, el odio a los judíos se expresa de manera aplastante en
términos nacionales: es el Estado judío lo que obsesiona a los racistas.
Como ha
escrito
la columnista británica Melanie Phillips, el antisemitismo primero fue
a por la religión de los judíos, luego a por los individuos judíos y
ahora a por el Estado de los judíos.La afirmación de que el
antisionismo no tiene nada que ver con la intolerancia no se sostiene.
¿Se imagina a alguien proclamar con vehemencia que Irlanda no tiene
derecho a existir, que el nacionalismo irlandés es una variedad del
racismo y que quienes asesinan a irlandeses son en realidad víctimas
dignas de la simpatía del mundo? ¿Quién entendería esas filípicas como
algo distinto al odio a lo irlandés? ¿Quién diría que sus propaladores
no albergan prejuicios antiirlandeses?
Por eso, quienes
demonizan y deslegitiman a Israel, quienes proclaman que el mundo sería
mejor si ese Estado no existiera, quienes ensalzan o simpatizan con sus
enemigos mortales, quienes lo equiparan con la Alemania nazi y la
Sudáfrica del apartheid o le atribuyen crímenes que no sólo no ha
cometido sino que sufre, esa gente, sí, es antisemita, tanto si lo
reconoce como si no.
¿Se puede criticar a Israel? Que sí, claro que
sí. Pero quienes lo critican con estridencia por la guerra que libra
contra Hamás se están alineando con los más virulentos fanáticos
antijudíos.
Pueden decirse a sí mismos que eso no les convierte
en antisemitas, pero se equivocan. "Cuando la gente critica a los
sionistas –decía
Martin Luther King en 1968–, en realidad están pensando en los judíos. Son antisemitas".
JEFF JACOBY, columnista del Boston Globe.
Fuente:
Libertad Digital