jueves, 05 de marzo de 2009
Negocios prostibulariosfuente Diario de un chupatintas de banco
Prostituirse.
Eso es lo que hago yo de ocho a tres, todos los días de la semana, de
lunes a viernes (descontado un mes por vacaciones y alguna que otra
ausencia por enfermedad. Uno de mis momentos más gratificantes es
despertarme por la mañana sabiendo que ese día no voy a poder ir a
trabajar a causa de cualquier indisposición pasajera). Y encima,
socialmente, está bien considerado (banquero, qué suerte tienes
cabrón).
La mayoría de los jóvenes que se incorporar al mercado
laboral quieren hacerlo a una entidad financiera (trabajo estable,
empresas sólidas y con futuro, oportunidades para promocionarse y hacer
carrera dentro del escalafón, incentivos según esfuerzo, buenas
condiciones laborales…

.
En cambio yo, que llevo casi treinta años dentro, vendería gustoso
parte de mi cuerpo para poder librarme de este oficio (perdonadme,
putas. No estoy diciendo que lo vuestro sea un lecho de rosas).
Prostitución
no es sólo comerciar con la carne. Al prestarte a ese juego no estás
solamente consintiendo que personas nauseabundas y despreciables te
manoseen, te ensucien de babas y hurguen con sus dedos impíos en los
lugares más sagrados de tu cuerpo. Prostitución es también entregar
parte de tu alma a cambio de un mísero sueldo (no existe salario en el
mundo capaz de pagar el precio que supone envilecer tu espíritu, aunque
sólo sea por unas horas al día). Y a eso me dedico yo: a prostituirme,
vendiendo mi ser más puro en pequeños fragmentos a cambio del sustento
que preciso para mantenerme en la existencia.
Lo hacemos todos,
cierto, pero quizá los demás ya lo han interiorizado como un hábito más
de sus vidas (igual que saludan a sus semejantes o se asean o ven la
tele), mientras que yo sigo resistiéndome a ver cómo, poco a poco,
jornada tras jornada, cada vez que ensucio mi autenticidad interior,
deshonrándola con las constantes mentiras a las que me obliga mi
profesión (pequeñas casi todas ellas, nunca llegan a infligir grandes
heridas), o siempre que la humillo, atendiendo con una afabilidad
mendaz a alguien a quien aborrezco profundamente, siento que mi yo más
íntimo se va empequeñeciendo y arruinando paulatinamente, temo que
cuando me libere, al fin, de la detestable necesidad del trabajo (la
ansiada jubilación) acaso conserve íntegro el cuerpo (lleno de
achaques, probablemente), pero el alma se me haya desvanecido por
completo.
Prostitución. Lo repito una vez más. Ese es mi verdadero
oficio. Y no el de empleado de banca. Y proxenetismo es la actividad
real de mis jefes (desde el director de mi oficina hasta la última
persona que encabeza la cúspide de la estructura empresarial),
espoleándonos sin descanso al asalto de la clientela para venderle un
trozo de paraíso (del paraíso consumista: el cielo de los mediocres y
de los cretinos), igual que las coimas que muestran sus atributos
sexuales entre los sillones grasientos de un night club.
Cada
cliente al que atiendo es un nuevo lunar de sombra que entenebrece el
sutil cristal de fuego que me hace ser quien soy (me muero lentamente.
Sospecho que, con el tiempo, apenas me reconoceré

.
Y no debería ser así, pero así es. Sé que a ese pobre abuelo podría
haberle dado algo más de interés por los ahorros de toda una vida (es
como si me entregara una parte de su sangre para que se la cuidara), sé
que a ese sufrido padre de familia podría haberle ofrecido unas
condiciones más favorables en el préstamos que nos ha solicitado (menos
comisiones, un precio más barato y sin tantos seguros), sé que esa
madre joven que se ha dirigido a mi porque le inspiro confianza,
ignorando que tras mi trato afectuoso y cordial se oculta un alacrán,
va a resultar inoculada por pequeñas dosis de ponzoña bancaria cada vez
que se me acerque demasiado (léase tarjetas, seguros de mil clases,
promociones de venta, planes de ahorro…

,
sé que ese señor despreocupado por sus cuentas podría conseguir
bastante más de nosotros por sus importantes saldos (pero el éxito de
nuestra cacería no estriba en levantar las liebres), sé que los
clientes más nobles y leales con la entidad (los menos exigentes, por
otra parte) son a los que peor tratamos. Sé todo lo que ocurre con la
gente que acude a mi banco. Lo sé de sobra. Pero me pagan por mirar
para otro lado, me pagan por masacrar su ingenuidad, me pagan por
desoír los continuos reproches que me hace mi conciencia (endurecida
ya, como una piedra hundida en el fondo de un lago fangoso).
Ese soy
yo: un puto que ejerce sus servicios en otro burdel más. Trago y callo.
Callo y trago. Y obedezco sumisamente las órdenes de mis rufianes. Y
cobro por todo ello.
Tags: banco, confesion, puta, prostitucion, burdel, puto, negocio