Viernes, 22 de mayo de 2009
jueves, 05 de marzo de 2009
Negocios prostibularios
fuente   Diario de un chupatintas de banco
Prostituirse. Eso es lo que hago yo de ocho a tres, todos los días de la semana, de lunes a viernes (descontado un mes por vacaciones y alguna que otra ausencia por enfermedad. Uno de mis momentos más gratificantes es despertarme por la mañana sabiendo que ese día no voy a poder ir a trabajar a causa de cualquier indisposición pasajera). Y encima, socialmente, está bien considerado (banquero, qué suerte tienes cabrón).
La mayoría de los jóvenes que se incorporar al mercado laboral quieren hacerlo a una entidad financiera (trabajo estable, empresas sólidas y con futuro, oportunidades para promocionarse y hacer carrera dentro del escalafón, incentivos según esfuerzo, buenas condiciones laborales…Guiño. En cambio yo, que llevo casi treinta años dentro, vendería gustoso parte de mi cuerpo para poder librarme de este oficio (perdonadme, putas. No estoy diciendo que lo vuestro sea un lecho de rosas).
Prostitución no es sólo comerciar con la carne. Al prestarte a ese juego no estás solamente consintiendo que personas nauseabundas y despreciables te manoseen, te ensucien de babas y hurguen con sus dedos impíos en los lugares más sagrados de tu cuerpo. Prostitución es también entregar parte de tu alma a cambio de un mísero sueldo (no existe salario en el mundo capaz de pagar el precio que supone envilecer tu espíritu, aunque sólo sea por unas horas al día). Y a eso me dedico yo: a prostituirme, vendiendo mi ser más puro en pequeños fragmentos a cambio del sustento que preciso para mantenerme en la existencia.
Lo hacemos todos, cierto, pero quizá los demás ya lo han interiorizado como un hábito más de sus vidas (igual que saludan a sus semejantes o se asean o ven la tele), mientras que yo sigo resistiéndome a ver cómo, poco a poco, jornada tras jornada, cada vez que ensucio mi autenticidad interior, deshonrándola con las constantes mentiras a las que me obliga mi profesión (pequeñas casi todas ellas, nunca llegan a infligir grandes heridas), o siempre que la humillo, atendiendo con una afabilidad mendaz a alguien a quien aborrezco profundamente, siento que mi yo más íntimo se va empequeñeciendo y arruinando paulatinamente,  temo que cuando me libere, al fin, de la detestable necesidad del trabajo (la ansiada jubilación) acaso conserve íntegro el cuerpo (lleno de achaques, probablemente), pero el alma se me haya desvanecido por completo.
Prostitución.  Lo repito una vez más. Ese es mi verdadero oficio. Y no el de empleado de banca. Y proxenetismo es la actividad real de mis jefes (desde el director de mi oficina hasta la última persona que encabeza la cúspide de la estructura empresarial), espoleándonos sin descanso al asalto de la clientela para venderle un trozo de paraíso (del paraíso consumista: el cielo de los mediocres y de los cretinos), igual que las coimas que muestran sus atributos sexuales entre los sillones grasientos de un night club.
Cada cliente al que atiendo es un nuevo lunar de sombra que entenebrece el sutil cristal de fuego que me hace ser quien soy (me muero lentamente. Sospecho que, con el tiempo, apenas me reconoceréGuiño. Y no debería ser así, pero así es. Sé que a ese pobre abuelo podría haberle dado algo más de interés por los ahorros de toda una vida (es  como si me entregara una parte de su sangre para que se la cuidara), sé que a ese sufrido padre de familia podría haberle ofrecido unas condiciones más favorables en el préstamos que nos ha solicitado (menos comisiones, un precio más barato y sin tantos seguros), sé que esa madre joven que se ha dirigido a mi porque le inspiro confianza, ignorando que tras mi trato afectuoso y cordial se oculta un alacrán, va a resultar inoculada por pequeñas dosis de ponzoña bancaria cada vez que se me acerque demasiado (léase tarjetas, seguros de mil clases, promociones de venta, planes de ahorro…Guiño, sé que ese señor despreocupado por sus cuentas podría conseguir bastante más de nosotros por sus importantes saldos (pero el éxito de nuestra cacería no estriba en levantar las liebres), sé que los clientes más nobles y leales con la entidad (los menos exigentes, por otra parte) son a los que peor tratamos. Sé todo lo que ocurre con la gente que acude a mi banco. Lo sé de sobra. Pero me pagan por mirar para otro lado, me pagan por masacrar su ingenuidad, me pagan por desoír los continuos reproches que me hace mi conciencia (endurecida ya, como una piedra hundida en el fondo de un lago fangoso).
Ese soy yo: un puto que ejerce sus servicios en otro burdel más. Trago y callo. Callo y trago. Y obedezco sumisamente las órdenes de mis rufianes. Y cobro por todo ello.

Tags: banco, confesion, puta, prostitucion, burdel, puto, negocio

Publicado por javerim @ 1:25  | LO QUE ME GUSTO EN LA RED
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