Discurso completo de Barack Hussein Obama en El Cairo (4 de junio 2009)
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Por Guysen International News
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Jueves 4 junio 2009 - 18:44
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Gran
expectativa ha creado el discurso del Presidente Barack Obama en El
Cairo. Guysen International News le ofrece, en español, el texto
completo del discurso del Presidente, señalando en negritas las partes
ligadas a Israel y al conflicto Israélo-Palestino.
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Es
un honor para mí estar en la ciudad eterna de El Cairo, y tener como
anfitriones a dos eminentes instituciones. Durante más de mil años,
Al-Azhar ha sido un modelo de enseñanza islámica y durante más de un
siglo, la Universidad de El Cairo ha sido una fuente de adelantos para
Egipto. Juntas, representan la armonía entre la tradición y el
progreso. Agradezco su hospitalidad y la hospitalidad del pueblo de
Egipto. También es un orgullo para mí ser el portador de la buena
voluntad del pueblo estadounidense y del saludo de paz de las
comunidades musulmanas en mi país: salam aleicom (en árabe: Nota GIN).
Nos congregamos en un momento de tensión entre Estados Unidos y
musulmanes alrededor del mundo, tensión arraigada en fuerzas históricas
que van más allá de cualquier debate sobre política actual. La relación
entre el Islam y el Occidente incluye siglos de coexistencia y
cooperación, pero también conflictos y guerras religiosas.
Recientemente, la tensión ha sido alimentada por el colonialismo que
les negó derechos y oportunidades a muchos musulmanes, y una Guerra
Fría en la que a menudo se utilizaba a los países de mayoría musulmana
como agentes, sin tener en cuenta sus aspiraciones propias. Además, el
cambio arrollador causado por la modernidad y la globalización han
llevado a muchos musulmanes a considerar que el Occidente es hostil con
las tradiciones del Islam.
Extremistas violentos se han aprovechado de estas tensiones entre una
minoría pequeña pero capaz de musulmanes. Los ataques del 11 de
septiembre del 2001 y los esfuerzos continuos de estos extremistas de
actuar violentamente contra civiles han llevado a algunas personas en
mi país a considerar al Islam inevitablemente hostil no sólo con
Estados Unidos y los países del Occidente, sino también con los
derechos humanos. Esto ha engendrado más temor y más desconfianza.
Mientras nuestra relación sea definida por nuestras diferencias, les
otorgaremos poder a quienes siembran el odio en vez de la paz, y a
quienes promueven el conflicto en vez de la cooperación que puede
ayudar a todos nuestros pueblos a lograr la justicia y la prosperidad.
Éste ciclo de suspicacia y discordia debe terminar.
He venido aquí a buscar un nuevo comienzo para Estados Unidos y
musulmanes alrededor del mundo, que se base en intereses mutuos y el
respeto mutuo; y que se base en el hecho de que Estados Unidos y el
Islam no se excluyen mutuamente y no es necesario que compitan. Por el
contrario: coinciden en parte y tienen principios comunes, principios
de justicia, progreso, tolerancia y el respeto por la dignidad de todos
los seres humanos.
Lo hago sabiendo que el cambio no puede suceder de la noche a la
mañana. Ningún discurso por su cuenta puede acabar con años de
desconfianza, ni puedo en el tiempo que tengo contestar todas las
preguntas complejas que nos han traído a este momento. Pero estoy
convencido que para progresar, debemos decir abiertamente lo que
pensamos, y demasiadas veces, eso se dice solamente detrás de puertas
cerradas. Debe haber un esfuerzo sostenido de escucharnos unos a los
otros, de aprender unos de otros; de respetarnos unos a los otros, y de
buscar terreno común. Como nos dice el Sagrado Corán, “Tengan
conciencia de Dios y digan siempre la verdad”. Eso es lo que trataré de
hacer: decir la verdad de la manera más clara posible, reconociendo
humildemente la tarea que nos queda por delante, con la firme
convicción de que los intereses que compartimos como seres humanos son
mucho más poderosos que las fuerzas que nos dividen.
Parte de esta convicción está arraigada en mi propia experiencia. Soy
cristiano, pero mi padre pertenecía a una familia en Kenia que incluye
a varias generaciones de musulmanes. De niño, pasé varios años en
Indonesia y escuché el llamado del Azán al amanecer y atardecer. De
joven, trabajé en comunidades de Chicago donde muchos encontraban
dignidad y paz en su religión musulmán.
Como estudioso de la historia, sé también que la civilización tiene una
deuda con el Islam. Fue el Islam –en lugares como la Universidad
Al-Azhar– el que llevó la antorcha del aprendizaje durante muchos
siglos y preparó el camino para el Renacimiento y el Siglo de las Luces
en Europa. Fueron las comunidades musulmanas las que inventaron nuestra
brújula magnética y herramientas de navegación; las que desarrollaron
el álgebra; nuestra pericia con la pluma y la impresión; nuestro
entendimiento del proceso de contagio de las enfermedades y las formas
de curarlas. La cultura islámica nos ha brindado majestuosos arcos y
altísimas torres; poesía y música de eterna belleza; elegante
caligrafía y lugares de contemplación pacífica. Y en toda la historia,
el Islam ha demostrado por medio de sus palabras y actos las
posibilidades de la tolerancia religiosa e igualdad de las razas.
Sé también que el Islam siempre ha sido parte de la historia de Estados
Unidos. La primera nación en reconocer a mi país fue Marruecos. Al
firmar el Tratado de Trípoli en 1796, nuestro segundo presidente, John
Adams, escribió, "Estados Unidos no tiene ninguna enemistad con las
leyes, religión o tranquilidad de los musulmanes". Y desde nuestra
fundación, los musulmanes estadounidenses han enriquecido a Estados
Unidos. Lucharon en nuestras guerras, trabajaron para el gobierno,
defendieron los derechos civiles, abrieron negocios, enseñaron en
nuestras universidades, sobresalieron en nuestros estadios deportivos,
ganaron premios Nóbel, construyeron nuestro más alto rascacielos y
encendieron la antorcha olímpica. Y cuando el primer musulmán
estadounidense fue elegido recientemente al Congreso y juró defender
nuestra Constitución usó el mismo Sagrado Corán que uno de nuestros
fundadores, Thomas Jefferson, tenía en su biblioteca personal.
Entonces, conocí el Islam en tres continentes antes de venir a la
región donde fue originalmente revelado. Esa experiencia guía mi
convicción de que esa alianza entre Estados Unidos y el Islam se debe
basar en lo que es el Islam, no en lo que no es, y considero que es
parte de mi responsabilidad como Presidente de Estados Unidos luchar
contra los estereotipos negativos del Islam dondequiera que surjan.
Pero ese mismo principio debe aplicarse a la percepción musulmana de
Estados Unidos. Así como los musulmanes no encajan en un estereotipo
burdo, Estados Unidos no encaja en el estereotipo burdo de un imperio
que se preocupa sólo de sus intereses. Los Estados Unidos ha sido una
de las mayores fuentes del progreso que el mundo jamás haya conocido.
Nacimos de una revolución contra un imperio. Fue fundado en base al
ideal de que todos somos creados iguales, y hemos derramado sangre y
luchado durante siglos para darles vida a esas palabras, dentro de
nuestras fronteras y alrededor del mundo. Nuestra identidad se forjó
con todas las culturas provenientes de todos los rincones de la Tierra,
y estamos dedicados a un concepto simple: E pluribus unum: "De muchos,
uno".
Mucho se ha comentado del hecho de que un afroamericano con el nombre
Barack Hussein Obama haya podido ser elegido Presidente. Pero mi
historia no es tan singular. El sueño de oportunidades para todas las
personas no se ha hecho realidad en todos los casos en Estados Unidos,
pero la promesa todavía existe para todos los que llegan a nuestras
costas, incluidos casi siete millones de musulmanes estadounidenses que
hoy están en nuestro país y tienen ingresos y educación por encima del
promedio. Es más, la libertad en Estados Unidos es indivisible de la
libertad religiosa. Por eso hay una mezquita en todos los estados de
nuestro país y más de 1,200 mezquitas dentro de nuestras fronteras. Por
eso el gobierno de Estados Unidos recurrió a los tribunales para
proteger el derecho de las mujeres y niñas a llevar el jiyab, y
castigar a quienes se lo negaban.
Entonces, que no quepa la menor duda: el Islam es parte de Estados
Unidos. Y considero que Estados Unidos es, en sí, la prueba de que
todos, sin importar raza, religión o condición social, compartimos las
mismas aspiraciones: paz y seguridad, educación y un trabajo digno,
amar a nuestra familia, a nuestra comunidad y a nuestro Dios. Son cosas
que tenemos en común. Esto anhela toda la humanidad.
Por supuesto, el reconocimiento de nuestra humanidad común es apenas el
comienzo de nuestra tarea. Las palabras por sí solas no satisfacen las
necesidades de nuestros pueblos. Estas necesidades solo se satisfacerán
si actuamos audazmente en los próximos años. Y debemos actuar con el
entendimiento de que la gente en todo el mundo enfrenta los mismos
desafíos, y si fracasamos, las consecuencias nos perjudicarán a todos.
Pues hemos aprendido de acontecimientos recientes que cuando un sistema
financiero se debilita en un país, hay menos prosperidad en todas
partes. Cuando una nueva gripe infecta a un ser humano, todos estamos
en peligro. Cuando una nación procura armas nucleares, todas las
naciones corren mayor riesgo de un ataque nuclear. Cuando extremistas
violentos operan en una franja montañosa, el peligro se cierne sobre
gente al otro lado del océano. Y cuando personas inocentes en Bosnia y
en Darfur son asesinados, sentimos un peso en nuestra conciencia
colectiva. Eso es lo que significa compartir este mundo en el siglo
XXI. Somos mutuamente responsables ante los demás seres humanos.
Ésa es una responsabilidad difícil de asumir. Ya que la historia de la
humanidad ha sido a menudo una letanía de naciones y tribus que
subyugan a otras para satisfacer sus propios intereses. Sin embargo, en
esta nueva era, semejantes actitudes son contraproducentes. Debido a
nuestra interdependencia, cualquier régimen en el mundo que eleve a una
nación o grupo humano por encima de otro inevitablemente fracasará. Así
que cualquiera sea nuestra opinión del pasado, no debemos ser
prisioneros de él. Debemos solucionar nuestros problemas colaborando,
debemos compartir nuestro progreso.
Eso no significa que debemos ignorar las fuentes de tensión. De hecho,
sugiere que debemos hacer exactamente lo contrario: debemos enfrentar
estas tensiones de frente. Y con esa intención, permítanme hablar de la
manera más clara y transparente posible sobre algunos asuntos
específicos que creo que debemos finalmente enfrentar juntos.
Lo primero que debemos encarar es el extremismo violento en todas sus formas.
En Ankara, dejé en claro que Estados Unidos no está y nunca estará en
guerra contra el Islam. Sin embargo, les haremos frente sin descanso a
los extremistas violentos que representan una grave amenaza para
nuestra seguridad, porque rechazamos lo mismo que rechaza la gente de
todos los credos: el asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes. Y
es mi deber principal como Presidente proteger al pueblo
estadounidense.
La situación en Afganistán demuestra las metas de Estados Unidos y
nuestra necesidad de trabajar juntos. Hace más de siete años, Estados
Unidos tenía amplio apoyo internacional cuando fue en pos de Al Qaida y
el Talibán. Ir allá no fue una opción; fue una necesidad. Y estoy
consciente de que hay quienes cuestionan o justifican los
acontecimientos del 11 de septiembre. Pero seamos claros: Al Qaida
asesinó a casi 3,000 personas ese día. Las víctimas fueron hombres,
mujeres y niños inocentes de los Estados Unidos y muchos otros países
que no habían hecho nada para hacerle daño a nadie. Y sin embargo, Al
Qaida los asesinó sin misericordia, se adjudicó responsabilidad por el
ataque y aún ahora sigue declarando repetidamente su determinación de
asesinar a gran escala. Tienen militantes en muchos países y están
tratando de ampliar su alcance. Éstas no son opiniones para debatir,
son hechos que debemos afrontar.
Y que quede claro: no queremos mantener a nuestras tropas en
Afganistán. No queremos tener bases militares allá. Es doloroso para
los Estados Unidos perder a nuestros jóvenes. Continuar este conflicto
tiene un costo político y económico muy alto. De muy buena gana
enviaríamos de regreso a casa a todas nuestras tropas si tuviéramos la
certeza de que no hay extremistas violentos en Afganistán y Pakistán
decididos a asesinar a todos los estadounidenses que puedan. Pero esa
aún no es la situación.
Por eso estamos trabajando con una coalición de cuarenta y seis países.
Y a pesar de los costos requeridos, el compromiso de los Estados Unidos
no se debilitará. De hecho, ninguno de nosotros debe tolerar a estos
extremistas. Han cometido asesinatos en muchos países. Han asesinado a
gente de diferentes religiones, y más que nada, han asesinado a
musulmanes. Sus actos son irreconciliables con los derechos de los
seres humanos, el progreso de las naciones y el Islam. El Sagrado Corán
enseña que quien mata a un inocente, mata a toda la humanidad; y quien
salva a una persona, salva a toda la humanidad. La religión perdurable
de más de mil millones de personas es mucho más fuerte que el odio
intransigente de unos pocos. Islam no es parte del problema en la lucha
contra el extremismo violento, es parte importante de avanzar la paz.
También sabemos que el poderío militar por sí solo no va a resolver los
problemas en Afganistán y Pakistán. Por eso planeamos invertir $1,500
millones de dólares cada uno de los próximos cinco años, a fin de
asociarnos con Pakistán para construir escuelas y hospitales,
carreteras y empresas, y cientos de millones para ayudar a quienes han
sido desplazados. Por eso estamos proporcionando más de $2,800 millones
para ayudar al pueblo de Afganistán a desarrollar su economía y prestar
servicios de los que depende la gente.
Permítanme también hablar del tema de Irak. A diferencia de Afganistán,
nosotros elegimos ir a la guerra en Irak, y eso provocó fuerte
antagonismo en mi país y alrededor del mundo. Aunque creo que, a fin de
cuentas, el pueblo iraquí está mejor sin la tiranía de Sadam Husein,
también creo que los acontecimientos en Irak han recordado a los
Estados Unidos de Norteamerica que es necesario usar la diplomacia y
promover consenso a nivel internacional para resolver nuestros
problemas cuando sea posible. De hecho, podemos citar las palabras de
Thomas Jefferson, quien dijo: “Espero que nuestra sabiduría aumente con
nuestro poder y nos enseñe que cuanto menos usemos nuestro poder, éste
se incrementará”.
Hoy, Estados Unidos tiene una doble responsabilidad: ayudar a Irak a
forjar un mejor futuro y a dejar Irak en manos de los iraquíes. Le he
dicho claramente al pueblo iraquí que no queremos bases militares y no
queremos reclamar ninguna parte de su territorio ni de sus recursos. La
soberanía de Irak es toda suya. Por eso ordené el retorno de nuestras
brigadas de combate para el próximo agosto. Por eso cumpliremos con
nuestro acuerdo con el gobierno de Irak, democráticamente elegido, de
retirar nuestras tropas de combate de las ciudades iraquíes para julio
y de retirar todas nuestras tropas de Irak para el 2012. Ayudaremos a
Irak a capacitar a sus Fuerzas de Seguridad y a desarrollar su
economía. Respaldaremos, como socio y jamás como patrón, a un Irak
seguro y unido.
Y finalmente, así como Estados Unidos no puede tolerar la violencia a
manos de extremistas, nunca debemos cambiar nuestros principios. El 11
de septiembre fue un trauma enorme para nuestro país. El temor y la ira
que causó son comprensibles, pero en algunos casos, nos llevó a actuar
en contra de nuestros ideales. Estamos tomando medidas concretas para
cambiar de curso. He prohibido inequívocamente el uso de tortura por
Estados Unidos y he ordenado que se clausure la prisión en la bahía de
Guantánamo para comienzos del próximo año.
Entonces, Estados Unidos se defenderá, respetuoso de la soberanía de
las naciones y el imperio de la ley. Y lo haremos en alianza con las
comunidades musulmanas que también se ven amenazadas. Cuanto antes se
aísle a los extremistas y no se les acepte en las comunidades
musulmanas, más pronto estaremos todos más seguros.
La segunda fuente importante de tensión que necesitamos discutir es la
situación entre los israelíes, palestinos y el mundo árabe.
Los estrechos vínculos de Estados Unidos con Israel son muy conocidos.
Este vínculo es inquebrantable. Se basa en lazos culturales e
históricos, y el reconocimiento de que el anhelo de un territorio judío
está arraigado en una historia trágica que no se puede negar.
Alrededor del mundo, el pueblo judío fue perseguido durante siglos, y
el antisemitismo en Europa culminó en un Holocausto sin precedente.
Mañana, visitaré Buchenwald, que fue parte de una serie de campos donde
los judíos fueron esclavizados, torturados, abaleados y asesinados en
cámaras de gas por el Tercer Reich. Seis millones de judíos fueron
aniquilados, más que toda la actual población judía de Israel. Negar
ese hecho es infundado, ignorante y odioso. Amenazar a Israel con la
destrucción o repetir viles estereotipos sobre los judíos son acciones
profundamente equivocadas y sólo logran evocar entre los israelíes el
más doloroso de los recuerdos y, a la vez, impedir la paz que los
pobladores de la región merecen.
Por otro lado, también es innegable que el pueblo palestino –musulmanes
y cristianos– también ha sufrido en la lucha por una patria. Durante
más de sesenta años, han padecido el dolor del desplazamiento. Muchos
esperan, en campamentos para refugiados en la Ribera Occidental, Gaza y
tierras aledañas, una vida de paz y seguridad que nunca han tenido.
Soportan las humillaciones diarias, grandes y pequeñas, que surgen de
la ocupación. Entonces, que no quepa duda alguna: la situación para el
pueblo palestino es intolerable. Estados Unidos no les dará la espalda
a las aspiraciones legítimas de los palestinos de dignidad,
oportunidades y un estado propio.
Durante décadas, el conflicto se ha quedado en tablas: dos pueblos con
aspiraciones legítimas, cada uno con una dolorosa historia que hace
difícil llegar a un acuerdo. Es fácil asignar la culpa, para los
palestinos culpar el desplazamiento a raíz de la fundación de Israel, y
para los israelíes culpar la hostilidad constante y los ataques
llevados a cabo durante toda su historia por dentro y fuera de sus
fronteras. Pero si vemos este conflicto solamente de un lado o del
otro, entonces no podemos ver la verdad: la única resolución es que las
aspiraciones de ambos lados las satisfagan dos estados, donde los
israelíes y los palestinos tengan paz y seguridad.
Es de interés para Israel, es de interés para Palestina es de interés
para Estados Unidos y de interés para el mundo entero. Es por eso que
mi intención es personalmente abocarme a esta solución dedicando toda
la paciencia que la tarea requiere. Las obligaciones que las partes
acordaron conforme al plan son claras. Para que llegue la paz, es hora
de que ellos –y todos nosotros– cumplamos con nuestras
responsabilidades.
Los palestinos deben abandonar la violencia. La resistencia por medio
de violencia y asesinatos está mal y no resulta exitosa. Durante
siglos, las personas de raza negra en Estados Unidos sufrieron los
azotes del látigo como esclavos y la humillación de la segregación.
Pero no fue con violencia que lograron derechos plenos y equitativos.
Fue con una insistencia pacífica y decidida en los ideales centrales de
la fundación de Estados Unidos. Esta misma historia la pueden contar
pueblos desde Sudáfrica hasta el sur de Asia; desde Europa Oriental
hasta Indonesia. Es una historia con una verdad muy simple: la
violencia es un callejón sin salida. No es señal de valentía ni fuerza
el lanzar cohetes contra niños que duermen, ni hacer estallar ancianas
en un autobús. Así no se obtiene autoridad moral; así se renuncia a
ella.
Éste es el momento en que los palestinos se centren en lo que pueden
construir. La Autoridad Palestina debe desarrollar su capacidad de
gobernar, con instituciones que satisfagan las necesidades de su
pueblo. Hamas cuenta con respaldo entre algunos palestinos, pero
también tiene responsabilidades. Para desempeñar un papel en hacer
realidad las aspiraciones de los palestinos, y unir al pueblo
palestino, Hamas debe poner fin a la violencia, reconocer acuerdos
pasados, y reconocer el derecho de Israel a existir.
Al mismo tiempo, los israelíes deben reconocer que así como no se puede
negar el derecho de Israel a existir, tampoco se puede negar el de
Palestina. Estados Unidos no acepta la legitimidad de más asentamientos
israelíes. Dicha construcción viola acuerdos previos y menoscaba los
esfuerzos por lograr la paz. Es hora de que cesen dichos asentamientos.
Israel también debe cumplir con sus obligaciones de asegurarse de que
los palestinos puedan vivir y trabajar y desarrollar su sociedad. Y asi
como es de devastadora para familias palestinas, la crisis humanitaria
en Gaza que continua no contribuye a la seguridad de Israel, ni tampoco
lo hace la falta de oportunidades en la Ribera Occidental. El progreso
en la vida cotidiana del pueblo palestino debe ser parte del camino
hacia la paz, e Israel debe tomar pasos concretos para permitir ese
progreso. Finalmente, los estados árabes deben reconocer que la
Iniciativa Árabe de Paz fue un punto de partida importante, pero no el
fin de sus responsabilidades. El conflicto árabe-israelí ya no debe ser
usado para distraer a los pobladores de los países árabes y disimular
la existencia de otros problemas. Más bien, debe dar lugar a medidas
para ayudar al pueblo palestino a desarrollar las instituciones que
sustenten su estado; a reconocer la legitimidad de Israel, y a optar
por el progreso por encima de la contraproducente atención al pasado.
Estados Unidos alinearemos nuestra política con quienes buscan la paz,
y diremos en público las cosas que les decimos en privado a los
israelíes y palestinos y árabes. No podemos imponer la paz. Pero en
privado, muchos musulmanes reconocen que Israel no desaparecerá.
Asimismo, muchos israelíes reconocen la necesidad de un estado
palestino. Es hora de actuar basado en lo que todos sabemos es cierto.
Se han derramado demasiadas lágrimas. Se ha derramado demasiada sangre.
Todos nosotros tenemos la responsabilidad de trabajar para que llegue
el día en que las madres de israelíes y palestinos puedan ver a sus
hijos crecer sin temor; cuando la Tierra Santa de tres grandes
religiones sea el lugar de paz que Dios se propuso que fuera; cuando
judíos y cristianos y musulmanes puedan tener en Jerusalén un hogar
seguro y perdurable, y un lugar donde todos los hijos de Abraham
fraternicen pacíficamente como en la historia del Isrá, cuando se
unieron para orar Moisés, Jesús y Mahoma (que la paz esté con ellos).
La tercera fuente de tensión es nuestro interés compartido en los
derechos y responsabilidades de los países con relación a las armas
nucleares.
v
Este
asunto ha sido una fuente de tensión en particular entre Estados Unidos
y la República Islámica de Irán. Durante muchos años, Irán se ha
definido en parte por su oposición a mi país, y de hecho, la historia
entre nosotros ha sido tumultuosa. En medio de la Guerra Fría, Estados
Unidos desempeñó un papel en el derrocamiento de un gobierno iraní
elegido democráticamente. Desde la Revolución Islámica, Irán ha
desempeñado un papel en secuestros y actos de violencia contra
militares y civiles estadounidenses. Esta historia es muy conocida. En
vez de permanecer atrapados en el pasado, les he dejado en claro a los
líderes y al pueblo de Irán que mi país está dispuesto a dejar eso
atrás. La cuestión ahora no es a qué se opone Irán, sino más bien, qué
futuro quiere forjar.
Será dificil superar decadas de desconfianza, pero avanzaremos con
valentía, rectitud, y convicción. Habrán muchos temas que discutir
entre nuestros dos países, y estamos dispuestos a seguir adelante sin
precondiciones basados en un respeto mutuo. Pero no hay duda para
quienes se ven afectados, que en cuanto a las armas nucleares, hemos
llegado a un punto decisivo. Esto no es simplemente cuestión de los
intereses de Estados Unidos. Esto es cuestión de evitar una carrera de
armas nucleares en el Oriente Medio que podría llevar a esta región por
un camino sumamente peligroso.
Comprendo a quienes protestan que algunos países tengan armas que otros
no tienen. Ningún país por su cuenta debe escoger cuáles países deben
tener armas nucleares. Es por eso que he reafirmado firmemente el
compromiso de Estados Unidos de procurar un mundo en el que ningún país
tenga armas nucleares. Y todo país –incluido Irán– debe tener el
derecho de utilizar energía nuclear pacífica si cumple con sus
responsabilidades conforme al Tratado de No Proliferación Nuclear. Ese
compromiso es esencial en el tratado, y todos los que lo ratifican
deben cumplirlo sin falta. Y tengo la esperanza de que todos los países
en la región puedan compartir en este objetivo.
El cuarto asunto que deseo tratar es la democracia.
Sé que ha habido una polémica sobre la promoción de la democracia en
años recientes y que gran parte de dicha controversia tiene que ver con
la guerra en Irak. Entonces, permítanme ser claro: ninguna nación puede
ni debe imponer un sistema de gobierno a una nación.
Eso no disminuye mi compromiso, sin embargo, con los gobiernos que
reflejan la voluntad del pueblo. En cada nación, este principio cobra
vida a su manera, en base a las tradiciones de su propia gente. Estados
Unidos no pretende saber lo que es mejor para todos, así como no
pretenderíamos determinar el resultado de elecciones pacíficas. Pero sí
tengo una convicción inquebrantable en que todas las personas anhelan
ciertas cosas: la posibilidad de expresarse libremente y tener voz y
voto en la forma de gobierno; la confianza en el estado de derecho e
imparcialidad de la justicia; un gobierno transparente que no le robe a
su gente; la libertad de vivir según escoja cada uno. Éstas no son solo
ideas estadounidenses, son derechos humanos, y es por eso que nosostros
los apoyaremos en todas partes.
No existe un camino directo para alcanzar esta promesa. Pero no hay
duda de esto: los gobiernos que protegen estos derechos, a fin de
cuentas, son más estables, exitosos y seguros. La supresión de ideas
nunca logra hacer que desaparezcan. Estados Unidos valora el derecho de
todas las voces pacíficas y respetuosas de la ley de ser escuchadas en
todo el mundo, incluso si discrepamos con ellas. Y acogeremos a todos
los gobiernos electos y pacíficos, siempre que gobiernen respetando a
toda su gente.
Este último punto es importante porque hay quienes abogan por la
democracia solo cuando no están en el poder, y ya en el poder, no
tienen misericordia al buscar la supresión de los derechos de otros. No
obstante donde ocurra, el gobierno del pueblo y por el pueblo establece
un solo estándar para quienes están en el poder: deben mantener su
poder a través del consentimiento, no la coerción; deben respetar los
derechos de las minorías y participar basado en la tolerancia y el
consenso; deben poner los intereses de su pueblo y los procesos
políticos legítimos por encima de su partido. Sin estos ingredientes,
elecciones por su cuenta no resultan en verdadera democracia.
El quinto asunto que debemos encarar juntos es la libertad religiosa.
El Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la
historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición. Lo vi con mis
propios ojos de niño en Indonesia, donde los cristianos devotos
practicaban su religión libremente en un país predominantemente
musulmán. Ése es el espíritu que necesitamos hoy. Las personas de todos
los países deberían ser libres de escoger su religión y llevar una vida
como lo dicte su mente, corazón y alma. Esta tolerancia es esencial
para que la religión prospere, pero está siendo atropellada de muchas
maneras diferentes.
Entre algunos musulmanes, hay una tendencia preocupante de medir las
creencias propias en base al rechazo de las de los demás. La riqueza de
la diversidad religiosa debe defenderse, ya sea por los maronitas del
Líbano, o los coptos en Egipto. Y también se deben cerrar las
divisiones entre musulmanes, ya que la separación entre suníes y
chiítas ha resultado en trágica violencia, particularmente en Irak.
La libertad de religión es fundamental para que los pueblos puedan
convivir. Siempre debemos examinar las formas en que la protegemos. Por
ejemplo, en Estados Unidos, las normas sobre los donativos benéficos
han hecho que sea más difícil que los musulmanes cumplan con su
obligación religiosa de zakat. Es por eso que me he comprometido a
trabajar con los musulmanes estadounidenses para asegurar de que puedan
cumplir con el zakat.
Asimismo, es importante que países del Occidente eviten impedir que los
ciudadanos musulmanes puedan practicar su religión como les parezca,
por ejemplo, dictando qué ropa deben usar las mujeres musulmanas. No
podemos esconder la hostilidad hacia cualquier religión con el pretexto
del liberalismo.
De hecho, la fe nos debe unir. Por eso estamos forjando proyectos de
servicio en Estados Unidos que reúnan a cristianos, musulmanes y
judíos. Por eso acogemos los esfuerzos como el Diálogo Interreligioso
del rey Abdullah de Arabia Saudita y el liderazgo de Turquía en la
Alianza de Civilizaciones. Alrededor del mundo, podemos convertir el
diálogo en servicio interreligioso, para que los puentes entre los
pueblos lleven a actos, ya sea al combatir la malaria en África o
proporcionar socorro tras una catástrofe natural.
El sexto asunto que deseo abordar son los derechos de la mujer.
Sé que existe debate sobre este tema. Rechazo el punto de vista de
algunas personas en Occidente de que la mujer que opta por cubrir su
cabello es, de cierta manera, menos igual, pero sí creo que a una mujer
a la que se le niega educación se le niega la igualdad. Y no es
coincidencia que los países donde las mujeres cuentan con una buena
educación tienen bastante más probabilidades de ser prósperos.
Y permítanme ser claro: los problemas relativos a la igualdad de la
mujer no solamente ocurren en el Islam. En Turquía, Pakistán,
Bangladesh e Indonesia, hemos visto a países de mayoría musulmana
elegir a una mujer como líder. A la vez, la lucha por la igualdad de
las mujeres continua en muchos aspectos de la vida estadounidense, y en
países alrededor del mundo.
Nuestras hijas pueden contribuir tanto a la sociedad como nuestros
hijos, y nuestra prosperidad común se puede promover si permitimos a
toda la humanidad – hombres y mujeres – a lograr su potencial entero.
Yo no creo que las mujeres tengan que tomar las mismas decisiones que
los hombres para lograr la igualdad, y respeto a las mujeres que
escogen vivir sus vidas de manera tradicional. Pero debe ser por
decisión propia. Por eso Estados Unidos se asociará con cualquier país
de mayoría musulmana para apoyar mayor alfabetización de las niñas, y
para ayudar a las jóvenes a buscar empleo por medio del
microfinanciamiento, que ayuda a la gente a hacer sus sueños realidad.
Finalmente, deseo hablar sobre el desarrollo económico y las oportunidades.
Sé que para muchos, la faz de la globalización es contradictoria. El
Internet y la televisión pueden traer conocimientos e información, pero
también sexualidad ofensiva y violencia irracional. El comercio puede
traer nueva riqueza y oportunidades, pero también enormes alteraciones
y cambios para las comunidades. En todos los países –incluido el mío–
este cambio puede producir temor. El temor de que la modernidad
significará perder el control de nuestras opciones económicas, nuestra
política y, lo más importante, nuestra identidad, lo que más apreciamos
de nuestras comunidades, nuestras familias, nuestras tradiciones y
nuestra fe.
Pero también sé que el progreso humano no se puede negar. No hay
necesidad de que el desarrollo y la tradición se contradigan. Países
como Japón y Corea del Sur lograron el crecimiento de su economía y a
la vez mantuvieron culturas singulares. Ése también es el caso del
asombroso progreso dentro de países de mayoría musulmana desde Kuala
Lumpur hasta Dubai. En la antigüedad y en nuestros tiempos, comunidades
musulmanas han estado a la vanguardia de la innovación y la educación.
Esto es importante porque ninguna estrategia de desarrollo se puede
basar solamente en lo que sale de la tierra, ni se puede sostener
mientras los jóvenes están desempleados. Muchos países del golfo han
gozado de enorme riqueza como consecuencia del petróleo, y algunos
están comenzando a concentrarse en un desarrollo más extenso. Pero
todos nosotros debemos reconocer que la educación e innovación serán la
moneda del siglo XXI, y en demasiadas comunidades musulmanas se
mantiene una inversión inadecuada en estas areas. Estoy poniendo
énfasis en semejantes inversiones dentro de mi país. Y aunque Estados
Unidos en el pasado se ha concentrado en el petróleo y gas en esta
región del mundo, ahora buscamos una relación más amplia.
Con respecto a la educación, ampliaremos los programas de intercambio y
aumentaremos las becas, como la que llevó a mi padre a Estados Unidos,
y a la vez alentaremos a más estadounidenses a estudiar en comunidades
musulmanas. Y encontraremos becas en Estados Unidos apropiadas para
estudiantes musulmanes prometedores; invertiremos en la enseñanza por
Internet para maestros y niños de todo el mundo, y crearemos una nueva
red de Internet, de manera que un adolescente en Kansas se pueda
comunicar instantáneamente con un adolescente en El Cairo.
Con respecto al desarrollo económico, crearemos un nuevo cuerpo de
empresarios voluntarios para contactarlos con colegas en países de
mayoría musulmana. Y presidiré una Cumbre sobre Iniciativa Empresarial
este año para identificar formas de afianzar vínculos entre líderes
empresariales, fundaciones y empresarios sociales en Estados Unidos y
las comunidades musulmanas alrededor del mundo.
En cuanto a ciencia y tecnología, crearemos un nuevo fondo para apoyar
el desarrollo tecnológico en los países de mayoría musulmana, y para
ayudar a transferir ideas al mercado de manera que puedan generar
empleos. Abriremos centros de excelencia científica en África, el
Oriente Medio y el sudeste asiático, y nombraremos a nuevos delegados
de ciencias para que colaboren en programas que desarrollen nuevas
fuentes de energía, generen empleos verdes, digitalicen archivos,
purifiquen el agua y produzcan nuevos cultivos.
Y hoy estoy anunciando una nueva campaña global con la Organización de
la Conferencia Islámica para erradicar la poliomielitis y expandiremos
sociedades con comunidades musulmanas a fin de promover la salud
infantil y materna.
Todas estas cosas se deben hacer conjuntamente. Los estadounidenses
están listos para unirse a ciudadanos y gobiernos; organizaciones
comunitarias, líderes religiosos y empresas en comunidades musulmanas
alrededor del mundo para ayudar a nuestra gente lograr una vida mejor.
No será fácil abordar los asuntos que he mencionado. Pero tenemos la
responsabilidad de unirnos para beneficio del mundo que queremos hacer
realidad: un mundo donde los extremistas ya no amenacen a nuestros
pueblos y los soldados estadounidenses puedan regresar a casa; un mundo
donde tanto israelíes como palestinos tengan seguridad en un estado
propio, y la energía nuclear se use para fines pacíficos; un mundo
donde los gobiernos estén al servicio de sus ciudadanos y se respeten
los derechos de todos los hijos de Dios. Esos son intereses mutuos. Ése
es el mundo que queremos. Pero sólo lo podemos lograr juntos.
Sé que hay muchos, musulmanes y no-musulmanes, que cuestionan si
podemos lograr este nuevo comienzo. Hay quienes están ansiosos por
avivar las llamas de la división e impedir el progreso. Hay quienes
sugieren que no vale la pena; alegan que estamos destinados a discrepar
y las civilizaciones están condenadas a tener conflictos. El
escepticismo embarga a muchos más. Hay tanto temor, tanta desconfianza.
Pero si optamos por ser prisioneros del pasado, entonces nunca
avanzaremos.
Todos nosotros compartimos este mundo sólo por un breve periodo. El
asunto es si vamos a pasar este tiempo centrados en lo que nos separa o
si nos comprometeremos a realizar un esfuerzo –un esfuerzo sostenido–
con el fin de encontrar terreno común, de concentrarnos en el futuro
que queremos para nuestros hijos y de respetar la dignidad de todos los
seres humanos.
Es más fácil comenzar guerras que llevarlas a su fin. Es más fácil
culpar a otros que mirar hacia adentro, ver las diferencias en los
demás que las semejanzas. Pero debemos escoger el camino correcto, no
el camino fácil. También hay una regla central en toda religión: Tratar
a los demás como uno quisiera ser tratado. Esta verdad trasciende
naciones y pueblos, y no es una convicción nueva; no es negra ni blanca
ni morena; no es cristiana ni musulmana ni judía. Es una creencia que
latía en los orígenes de la civilización y que aún late en el corazón
de miles de millones. Es la fe en los demás, y es lo que me trajo hoy
aquí.
Tenemos el poder de crear el mundo que queremos, pero sólo si tenemos
la valentía de crear un nuevo comienzo, teniendo en mente lo que está
escrito.
El Sagrado Corán nos dice, “O humanidad! Los hemos creado hombres y
mujeres, y los hemos agrupado en naciones y tribus con tal de que se
conozcan el uno al otro”.
El Talmud nos dice: “Todo el Tora tiene como propósito promover la paz”.
La Santa Biblia nos dice, “Benditos los que promueven la paz; ellos se llamarán hijos de Dios”.
Los pueblos del mundo pueden vivir juntos y en paz. Sabemos que ésa es
la visión de Dios. Ahora, ésa debe ser nuestra labor aquí en la Tierra.
Gracias. Y que la paz de Dios esté con ustedes.
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