Domingo, 20 de septiembre de 2009
Abuelo por un día

Publicado por: Semana.co.il

La travesía de una punta a la otra de Israel de un hombre reflexico. De un abuelo, un padre y un hijo. Todos esos estados conviven en una sola persona. Bernardo cuenta cómo es la convivencia de esa multiplicidad de personalidades.

Por Bernardo Ptasevich 

 
Ser más viejo o más joven depende de la actitud que tomamos frente a las cosas y a los desafíos que se nos presentan.
 
Tengo tres nietos, dos varones en el Uruguay y una mujercita en Israel. Digamos entonces que soy abuelo por partida triple pero no soy uno de esos abuelos habituales encuadrados en un formato que aprendimos desde siempre donde un abuelo es ese señor mayor que ya en su jubilación dedica el tiempo completo a sus nietos, a concederles sus deseos, a satisfacer todos sus caprichos y a resolver la disponibilidad horaria de sus padres que de mas esta decirlo, son nuestros hijos.

Educado como la mayoría de nosotros en una familia tipo donde cada uno debe ocupar su lugar, cumplir con su responsabilidad y ejercer su rol, un abuelo como yo se siente muchas veces confuso y contrariado por no poder hacer lo que de el se espera.

En estos días mi querida mamá que vive en Ashdod desde hace unos siete años cumplió 83 años. Casi al mismo tiempo Eilen, mi nietita israelí cumplía su primer año de vida por lo cual decidí dejar todas mis obligaciones habituales ya que era hora de sentir aunque sea por unos días esa sensación de ser un abuelo formal emprendiendo mi viaje a Eilat para compartir ese momento con mi hijo, mi nuera y mi nietita. Toda una aventura, para la cual además tuve que agarrar coraje ya que el primer paso que debe darse en tales circunstancias es reconocerse como abuelo y serlo es aceptar de algún modo que estamos viejos.

Puede que esa sea la razón de fondo por la que me ha costado tanto asumir mi rol, pero esta vez estaba decidido. En un abrir y cerrar de ojos estaba sobre el ómnibus para recorrer el largo primer tramo entre Katzrin y Ashdod, donde como aperitivo iba a disfrutar del cumpleaños 83 de mí querida mamá.

En unas horas y con un viaje que no es demasiado corto ni demasiado cómodo me encontraba a orillas del Mediterráneo en un simpático restaurante compartiendo con hermanos, sobrinos, primos, mi hija y mi mamá una hermosa reunión familiar de esas que sólo podemos repetir en estas ocasiones especiales.

Pedimos unos platos cada uno a su gusto y conversamos de todo lo que nos pasó durante el año en que no nos vimos. El fantasma de la realidad respecto a mi estado de vejez  "ignorada pero real" volvió con cada anécdota, volvió al ver que los hijos de los hijos de mi hermana ya son grandes, que mi propia hija menor ya es grande y sobre todo al percatarme de que cada día uno tiene más cosas que contar, más anécdotas para compartir, más experiencias para entregar y más consejos para regalar.  

La primera etapa del viaje hacia sentirse abuelo de verdad se fue cumpliendo en muy buena forma, hubo amor y cariño tanto recibido como dado y la felicidad de haber podido estar otro año más al lado de mi mamá. Es que 83 años no es poca cosa y ojalá podamos festejar muchos cumpleaños mas ya que la encontré en muy buena forma gracias a los cuidados de mi hermana que vive con ella todo el tiempo.
Al día siguiente había que emprender el viaje a lo desconocido, no sólo por lo del abuelo sino también porque nunca había pasado del centro del país hacia el sur. Compré los pasajes de forma telefónica abonando con mi tarjeta de crédito y quedamos citados a las 6.45 de la mañana con el autobús 394 coche 3 de la compañía Egged en el cruce de Ashdod. No quiero abrumarlos con los detalles de la historia pero ese ómnibus nunca pasó por el punto del abordaje y a pesar de los reclamos que hicimos bajo el sol ardiente de la mañana tuvimos que llegar a la meta por otros medios para luego denunciar lo ocurrido en la terminal.

Algunos ómnibus de esa compañía nunca acuden a la cita a pesar de haber recibido dinero por los pasajes y luego es una odisea recuperar los importes. El trayecto a Eilat me mostró en vivo y en directo el otro Israel que no conocía. Muchas veces hablamos del Néguev pero verlo es otra cosa. Son kilómetros y kilómetros realmente áridos donde ver algo verde es casi un milagro y donde fuera de los vehículos que pasan en ambas direcciones se ve muy pero muy poca vida o movimiento.

La cantidad de tiempo que a observamos este paisaje interesante pero desolador nos muestra una gran parte de Israel que esta desocupada y quizás sea difícil habilitar estos sitios para habitarlos algún día. Cuando nos referimos al pequeño territorio Israelí que nuestros vecinos quieren quitarnos debemos tener en cuenta que solo ocupamos un porcentaje algo mayor a la mitad del territorio. Tenemos la soberanía sobre el resto pero esa zona no esta ni estará aprovechada en un futuro cercano.

En definitiva no sin sobresaltos me encontraba allí, frente a mi nietita quien no tenía idea de quién era ese barbudo feo que la miraba con ternura. El fantasma de los años que uno trata de ignorar sin lograrlo volvía a aparecer. El calor que hace en Eilat no es para contarlo porque sólo estando allí se puede sentir.
La dificultad para respirar es evidente y se necesita adaptación para poder mantenerse en actividad dura varias horas.  En fin, experiencias interesantes, reflexiones, vivencias, que solo se pueden tener moviéndose, no quedándose inmóvil en nuestro lugar habitual, ese en el que vivimos la rutina diaria.

Ser abuelo no fue una experiencia nada desagradable. Los besos, los mimos, las caricias y los juegos no nos dejaron pensar siquiera en eso de la edad o de sentirnos un poco más viejos. Ya en mi casa la rutina volvió a sus sitio por lo menos por unos meses, las largas horas de trabajo me harán sentir joven como siempre, la rutina diaria y las cosas que hay que resolver a cada momento serán nuevamente el plato de cada día.

Digamos que me he dado cuenta que ser un poco más viejo o un poco mas joven no depende del titulo de abuelo sino de la actitud que tomamos frente a las cosas y a los desafíos que se nos presentan. Creo que me he sacado una duda y un gran peso de encima.

Puedo vivir como yo elija cada momento y cada día y ser un buen abuelo cuando tengo la ocasión de compartirlo con mis nietos sin sentir ninguna culpa ni sentirme por ello más viejo. La vida continúa y para disfrutarla solo hay que estar dispuesto a ello.

Tags: abuelo, nieta, hijos, familia, tiempo, vejez, salud

Publicado por javerim @ 19:13  | EDITORIALES DE BERNY
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Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 11 de octubre de 2009 | 14:56
Bueno Berny ,

como vos me dijiste , nadie es profeta en su tierra ni en su familia , al final lei el articulo , esta muy bueno , creo que muy pocas personas que conozco tienen las energias fisicas y mentales que tenes vos asi que lo de abuelo , es otro titulo o otra mancha al tigre pero de vejez nada.

que disfrutes de tu nietita y tus hijos que ya no estan tan lejos como cuando escribiste la nota.

Marcelo