Abuelo por un día
Publicado por: Semana.co.il
La
travesía de una punta a la otra de Israel de un hombre reflexico. De un
abuelo, un padre y un hijo. Todos esos estados conviven en una sola
persona. Bernardo cuenta cómo es la convivencia de esa multiplicidad de
personalidades.
Por Bernardo Ptasevich
Ser más viejo o más joven depende de la actitud que tomamos frente a las cosas y a los desafíos que se nos presentan.
Tengo
tres nietos, dos varones en el Uruguay y una mujercita en Israel.
Digamos entonces que soy abuelo por partida triple pero no soy uno de
esos abuelos habituales encuadrados en un formato que aprendimos desde
siempre donde un abuelo es ese señor mayor que ya en su jubilación
dedica el tiempo completo a sus nietos, a concederles sus deseos, a
satisfacer todos sus caprichos y a resolver la disponibilidad horaria
de sus padres que de mas esta decirlo, son nuestros hijos.
Educado
como la mayoría de nosotros en una familia tipo donde cada uno debe
ocupar su lugar, cumplir con su responsabilidad y ejercer su rol, un
abuelo como yo se siente muchas veces confuso y contrariado por no
poder hacer lo que de el se espera.
En estos días mi querida
mamá que vive en Ashdod desde hace unos siete años cumplió 83 años.
Casi al mismo tiempo Eilen, mi nietita israelí cumplía su primer año de
vida por lo cual decidí dejar todas mis obligaciones habituales ya que
era hora de sentir aunque sea por unos días esa sensación de ser un
abuelo formal emprendiendo mi viaje a Eilat para compartir ese momento
con mi hijo, mi nuera y mi nietita. Toda una aventura, para la cual
además tuve que agarrar coraje ya que el primer paso que debe darse en
tales circunstancias es reconocerse como abuelo y serlo es aceptar de
algún modo que estamos viejos.
Puede que esa sea la razón de
fondo por la que me ha costado tanto asumir mi rol, pero esta vez
estaba decidido. En un abrir y cerrar de ojos estaba sobre el ómnibus
para recorrer el largo primer tramo entre Katzrin y Ashdod, donde como
aperitivo iba a disfrutar del cumpleaños 83 de mí querida mamá.
En
unas horas y con un viaje que no es demasiado corto ni demasiado cómodo
me encontraba a orillas del Mediterráneo en un simpático restaurante
compartiendo con hermanos, sobrinos, primos, mi hija y mi mamá una
hermosa reunión familiar de esas que sólo podemos repetir en estas
ocasiones especiales.
Pedimos unos platos cada uno a su gusto
y conversamos de todo lo que nos pasó durante el año en que no nos
vimos. El fantasma de la realidad respecto a mi estado de vejez
"ignorada pero real" volvió con cada anécdota, volvió al ver que los
hijos de los hijos de mi hermana ya son grandes, que mi propia hija
menor ya es grande y sobre todo al percatarme de que cada día uno tiene
más cosas que contar, más anécdotas para compartir, más experiencias
para entregar y más consejos para regalar.
La primera etapa
del viaje hacia sentirse abuelo de verdad se fue cumpliendo en muy
buena forma, hubo amor y cariño tanto recibido como dado y la felicidad
de haber podido estar otro año más al lado de mi mamá. Es que 83 años
no es poca cosa y ojalá podamos festejar muchos cumpleaños mas ya que
la encontré en muy buena forma gracias a los cuidados de mi hermana que
vive con ella todo el tiempo.
Al día siguiente había que emprender
el viaje a lo desconocido, no sólo por lo del abuelo sino también
porque nunca había pasado del centro del país hacia el sur. Compré los
pasajes de forma telefónica abonando con mi tarjeta de crédito y
quedamos citados a las 6.45 de la mañana con el autobús 394 coche 3 de
la compañía Egged en el cruce de Ashdod. No quiero abrumarlos con los
detalles de la historia pero ese ómnibus nunca pasó por el punto del
abordaje y a pesar de los reclamos que hicimos bajo el sol ardiente de
la mañana tuvimos que llegar a la meta por otros medios para luego
denunciar lo ocurrido en la terminal.
Algunos ómnibus de esa
compañía nunca acuden a la cita a pesar de haber recibido dinero por
los pasajes y luego es una odisea recuperar los importes. El trayecto a
Eilat me mostró en vivo y en directo el otro Israel que no conocía.
Muchas veces hablamos del Néguev pero verlo es otra cosa. Son
kilómetros y kilómetros realmente áridos donde ver algo verde es casi
un milagro y donde fuera de los vehículos que pasan en ambas
direcciones se ve muy pero muy poca vida o movimiento.
La
cantidad de tiempo que a observamos este paisaje interesante pero
desolador nos muestra una gran parte de Israel que esta desocupada y
quizás sea difícil habilitar estos sitios para habitarlos algún día.
Cuando nos referimos al pequeño territorio Israelí que nuestros vecinos
quieren quitarnos debemos tener en cuenta que solo ocupamos un
porcentaje algo mayor a la mitad del territorio. Tenemos la soberanía
sobre el resto pero esa zona no esta ni estará aprovechada en un futuro
cercano.
En definitiva no sin sobresaltos me encontraba allí,
frente a mi nietita quien no tenía idea de quién era ese barbudo feo
que la miraba con ternura. El fantasma de los años que uno trata de
ignorar sin lograrlo volvía a aparecer. El calor que hace en Eilat no
es para contarlo porque sólo estando allí se puede sentir.
La
dificultad para respirar es evidente y se necesita adaptación para
poder mantenerse en actividad dura varias horas. En fin, experiencias
interesantes, reflexiones, vivencias, que solo se pueden tener
moviéndose, no quedándose inmóvil en nuestro lugar habitual, ese en el
que vivimos la rutina diaria.
Ser abuelo no fue una experiencia
nada desagradable. Los besos, los mimos, las caricias y los juegos no
nos dejaron pensar siquiera en eso de la edad o de sentirnos un poco
más viejos. Ya en mi casa la rutina volvió a sus sitio por lo menos por
unos meses, las largas horas de trabajo me harán sentir joven como
siempre, la rutina diaria y las cosas que hay que resolver a cada
momento serán nuevamente el plato de cada día.
Digamos que me
he dado cuenta que ser un poco más viejo o un poco mas joven no depende
del titulo de abuelo sino de la actitud que tomamos frente a las cosas
y a los desafíos que se nos presentan. Creo que me he sacado una duda y
un gran peso de encima.
Puedo vivir como yo elija cada momento
y cada día y ser un buen abuelo cuando tengo la ocasión de compartirlo
con mis nietos sin sentir ninguna culpa ni sentirme por ello más viejo.
La vida continúa y para disfrutarla solo hay que estar dispuesto a ello.
Tags: abuelo, nieta, hijos, familia, tiempo, vejez, salud